Cuando Jesús salió de la gruta era entrada la noche y ningún sonido turbaba la absoluta tranquilidad del bosque. No fue hasta atravesar el oscuro pasillo de zarzas cuando escuchó por primera ver el familiar canto de un grillo. Hizo el camino de vuelta zarandeándose de lado a lado. El aire fresco de la noche le sentó bien, pero la cabeza le daba vueltas.
Cuando subió las escaleras de su apartamento, apoyado como pudo por las paredes, no entendía cómo había logrado conducir hasta casa. Necesitó tres intentos para meter la llave en la cerradura. Se sentía como borracho. No hizo nada, no miró nada ni preparó nada, cayó sobre el sofá y allá despertó cuando escuchó el ajeno timbre de la puerta, aunque no fue hasta que unos sonoros golpes le hicieron reaccionar obligándole a ponerse en pié.
-¡Abra!- empezó a gritar el puño que golpeaba la puerta – ¡es la policía!
Jesús se llevó las manos a la cabeza con desesperación y un agudo dolor le atravesó todo el costillar. Entonces recordó muchas cosas de la noche anterior y no le extrañó en absoluto que Luisa le hubiera denunciado a las autoridades, lo que unido a las sospechas que ya tenía la policía, había desembocado en una orden arresto. ¿Para que iban a estar ahí sino?
Jesús permaneció en silencio. Tenía la mente espesa de quienes se acaban de despertar y confusa de quienes han recibido un gran golpe en ella, pero aún en ese estado pudo deducir que, si lo apresaban, no podría desentrañar el misterio que yacía en Sometimes, probar su inocencia y salvar a Miguel. Estaba claro que podía informar a los agentes sobre los cadáveres que encontró en lo más profundo de una cueva de las montañas, pero aquel caso estaba cerrado y no le exculpaba de la muerte de Marlen ni de la supuesta agresión a Luisa. Es más, verse envuelto en el descubrimiento de unos restos pertenecientes a una antigua secta suicida no podía ayudarle menos.
No, Jesús no podía permitirse que lo apresaran, de modo que su mente empezó a despertar. “Lo más sencillo es simular que no hay nadie en casa. Pero ¡estúpido! ¿Crees que no habrán visto tu coche aparcado abajo? Claro que sí, sin duda saben que estas aquí. Piensa, piensa, piensa. No pueden entrar si no les invito. Pero ¿qué te crees que son, vampiros? ¡Claro que pueden entrar, si tienen una orden! Y seguro que la tienen. Mierda, soy un maldito delincuente de esos que se pudren en la cárcel diciendo que no han hecho nada y que realmente no han hecho nada. Piensa maldita sea, piensa.”
Se puso en pié y el mundo giró a su alrededor. Tal vez se había precipitado levantándose tan deprisa, de hecho, su primer paso fue a enredarse torpemente con el cable de la lamparilla y, cuando dio un segundo paso, esta salió volando contra el suelo. La base de porcelana se rompió y los pedazos llegaron resbalando hasta la cocina. Por supuesto el estruendo fue importante y los agentes del pasillo se vieron legitimados a echar la puerta abajo.
El marco reventó de una patada y la puerta se estrelló contra la pared.
Con lo que a Jesús le costó tratar de derribar la puerta del ático primera en la plaza mayor, sin llegar a conseguirlo, y esos hombres lo hicieron a la primera. Cómo se notaba que eran profesionales. Cuando los agentes entraron, Jesús había alcanzado ya el dormitorio, desde cuya ventana podía ver como la tubería del retrete ascendía por la fachada desde el patio interior hasta el tejado. No tuvo tiempo de considerar detenidamente si era factible descender por ella hasta la calle, empezó a escuchar las rudas voces de los agentes dando avisos por el salón y no lo pensó dos veces.
-¡Señor River, Jesús River, se le acusa de intento de homicidio!- dijo uno antes incluso de encontrarlo. Sabían que estaba escondido en algún lado.
“Intento de homicidio- se dijo Jusús –por favor, aunque fuera verdad, ¿acaso otorgan el Nobel por intento de literatura?” Existe un concepto muy poco popular y del que Jesús se declaraba incondicional, a pesar de no haberlo realizado nunca, y ese era “Homicidio Justificado”.
“¿Habrán desenfundado?- se preguntaba entonces -seguro que han desenfundado y me pegan un tiro en cuanto me vean”
El dormitorio era otra habitación que los agentes debían inspeccionar, al entrar uno de ellos descubrió que, con ese frío, la ventana estaba abierta, incriminatoria. El agente se asomó y vio como la cañería descendía hasta el patio.
-¡Rápido, baja al patio interior!- ordenó a su compañero tras sospechar lo que había sucedido. El otro policía, bastante más joven, obedeció sin rechistar. Cuando el joven desapareció por la puerta, el agente al mando se asomó por la ventana de nuevo, con cuidado de no enseñar el arma que, efectivamente, llevaba desenfundada.
Justo en ese momento Jesús decidió salir de su escondite en el armario y golpear al agente con su bate de béisbol. Primero en la espalda, la rodilla después.
Gritó, se desmoronó. Le cayó el arma.
Jesús recogió la pistola del suelo y salió corriendo del piso. Su respiración era entrecortada y el corazón latía tan rápido que le dolía el pecho. Tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para no echar a correr escaleras abajo. Habría sido una mala idea, en primer lugar porque sin duda acabaría rodando por ella y segundo porque no existe acción más sospechosa en el mundo que correr con una pistola en la mano y sangre en la cara. “Pistola, mierda” se la guardó en un bolsillo y dejó de correr. Al cruzarse con un vecino en el siguiente rellano, Jesús se llevó la mano a la nuca para taparse la mejilla ensangrentada con el codo- Buenos días Antonio –dijo disimulando, con una picara sonrisa. La chica que le acompañaba lo miró con desagrado, sensación que rara vez había sentido. Cuando llegó a la calle se dio cuenta que su saludo había sido completamente erróneo pues ya estaba anocheciendo.
Segundos antes, al pasar Jesús frente la mesa del portero, vio como un joven agente trataba de entrar en el patio interior por una puerta que conducía al armario de las fregonas.
Jesús entró rápidamente en su coche, las llaves se le cayeron dos veces a los pies antes de lograr poner el contacto, pero cuando finalmente lo consiguió no pudo reprimir sus ansias de escapar y arrancó dejando la goma de las ruedas marcada en el asfalto.
Solo tenía una dirección en mente y una misión en la cabeza. No entendía como había tardado tanto en darse cuenta de ello, pues si la señora Concha había dado la solución del sortilegio a Miguel, tal y como aseguraba Luisa, era porque sus ojos en algún momento se habían posado sobre el diario del Señor Huguet. En efecto, los dedos de la mano derecha del cadáver estaban rotos, lo que podía significar que había estuvo sujetando algo que le hubieran quitado de forma violenta cuando ya estaba muerto. Tal vez un libro. Por supuesto había cantidad de lagunas en su historia ¿Cómo halló la gruta sin ayuda de los valiosos papeles que él tenía? ¿Cómo hizo la señora Concha para caber por el agujero? ¿Cuándo se hizo con el libro? Era ingenuo pensar que tuviera una solución tras ver morir a su marido años atrás. “No creo que el deforme explique como librarse de él una vez ha finalizado su trabajo- pensó -de lo contrario Oriol Sampedro también sabría como librarse de la maldición y no nos invitaría a descubrirlo en los papeles que guardaba en su casa. No, de alguna manera Concha ha visto el diario que andamos buscando... y por algún motivo lo mantiene en secreto.”
Si esa afirmación era cierta, todo se complicaba más de lo imaginable. Luisa le había pedido que cesase en su búsqueda de respuestas, que Miguel ya sabía como burlar a la muerte y no necesitaba ninguna ayuda. En caso de que su última disertación fuera verdad, entonces Luisa estaba en lo cierto, Miguel tenía la solución desde el principio y todos los esfuerzos y sufrimientos por los que había pasado eran innecesarios.
Después de tantos días, volvía a estar como al principio.
Se sintió frustrado, presa del odio y la ira, como un muñeco en manos del destino o un figurante en una obra que no era la suya. Perseguido y acosado. Si realmente no era el protagonista de esta historia, le había salido caro tratar de serlo.
Otra cuestión le rondaba la mente, y era acerca del mismo Miguel. ¿Por qué se comportaba tan raro, tan frío, tan ausente? ¿Por qué recelaba de todo el mundo y mantenía su secreto con insana avaricia? Había cambiado completamente y la única que no lo veía, o no quería verlo, era su esposa.
Tal vez encontrara también respuesta a esta cuestión en casa de la señora Concha.
Jesús no estaba seguro de haber estado consciente todo el tiempo. Cuando reunió las fuerzas necesarias se sentó en un saliente y apoyó la espalda contra la pared de piedra. Gotas seguían cayendo del techo, como durante años, engrosando el caudal de charcos que le envolvían. Cogió la linterna y se alumbró la mano. Estaba llena de sangre, completamente empapada, y goterones purpura resbalaban por su antebrazo hasta el codo.
“Mierda” pensó. No era una persona aprensiva, pero un golpe como aquel podía ser problemático en un lugar como ese si no conseguía que dejara de sangrar. Se quitó la camiseta y se la enroscó en la cabeza, con fuerza, usando la mano con la que no aguantaba la linterna. Hay algo de humillante en que una mujer te deje fuera de combate, y algo de ofensivo cuando esa misma mujer te atrae, pero no era momento para rendirse.
Miró su reloj de quinientos euros. Se había parado a las veintidós horas.
“Timo” era la primera palabra que venía a la mente.
El agua y los golpes habían acabado con él. Ahora debía ser cerca de la media noche. Jesús se levantó y puso de nuevo el pié en la sala que había conseguido abrir a golpes de pico. Tenía la entera seguridad de estar pisando territorio virgen, un lugar que nadie antes había alcanzado estando vivo. Se sentía como un gran explorador y el pequeño mareo que le hacía perder el equilibrio, así como el agudo dolor de cabeza e incisivo pinchazo en la sien a cada latido de corazón, no hacían más que multiplicarle la sensación de triunfo
La nueva sala en la que Jesús se adentró era todavía más hermosa que la anterior. Su techo era más bajo y estaba completamente aguijoneado de afiladas piedras, mientras que, en el suelo, las rocas se unían dando como resultado las formas más bellas que jamás había visto. Realmente la belleza es absurda, no tiene un porqué definido y sólo se encuentra en los ojos del que mira. Dentro de la moral humana, en su cultura. Y toda esa belleza, sin merito para una naturaleza a la que le trae sin cuidado, había permanecido hasta hoy, a oscuras, vedada a los ojos mortales e injustamente menospreciada. Y toda esa belleza, sin luz ni calor, había permanecido inexistente, como continuaba siendo inexistente en mil otros lugares donde el hombre no había puesto el pie todavía, mientras espera ansiosa que la descubran. Y toda esa belleza contrastaba con un olor fétido, pútrido, infecto.
Jesús alumbró en todas las direcciones y recovecos. Era imposible captar todos los matices y dibujos que hacían las sombras, pero una cosa quedaba clara a simple vista. Ese no era el final del trayecto.
Lo que parecían ser al menos cuatro caminos se adentraban en las profundidades de la tierra, todos ellos negros, todos ellos oscuros, todos ellos hermosos conocedores de los más inaccesibles destinos; y en medio, apoyado en una gran columna que años atrás fueran una estalactita y una estalagmita que se miraban enfrentadas cada una desde un extremo, Jesús vio más restos humanos.
Se acercó lentamente hacia esa columna, atento a que no se le nublara la vista ni perdiera el conocimiento. Debía prestar especial atención a su cabeza, averiguar si seguía sangrando, de ser así, debería salir de aquella cueva en seguida, antes de perder tanta sangre que le debilitara e impidiera volver a salir. La camiseta en su cabeza estaba tan empapada que le era imposible saber cuando paró de manar, si es que ya había parado. Confiaría en la suerte, pues estaba tan obcecado en acercarse a ese cadáver que no reparó en realizar un primer análisis de su contusión, ni una primera cura limpiando la herida con aguas subterráneas. Todo eso debía esperar. Jesús iluminó los restos que yacían en el suelo y descubrió horrorizado que no eran los únicos.
Pero de todos los que se le adelantaron en aquel viaje, tenía pensado ser el primero en volver a la superficie.
Había encontrado el mausoleo del señor Huguet.
El esqueleto del gurú todavía estaba vestido con las negras ropas que a Miguel le semejaban Amish, y a su lado estaba el sombrero de ala ancha, tan típico en los curas rurales de su época. Los restos habían perdido toda humedad, se habían resecado y la carne desaparecido, a excepción de los lugares en que entraba en contacto con las piedras. En ese caso conservaba algo de su frescura por la humedad y continuaba pegada a los huesos, al igual que la piel, firmemente soldada a ellos en dispersas zonas de la cara y las costillas.
Tenía las piernas extendidas y los brazos abiertos. Debajo de cada uno de ellos, los cadáveres más pequeños de niños esqueléticos que conservaban el pelo y las uñas. Al alejarse pudo percatarse que esos no eran los únicos niños de la estancia; también podía encontrarlos amontonados en las esquinas, en pilas de huesos, y esparcidos a lo largo de los pasillos por los que Jesús no se atrevió a adentrarse en ellos. Al darse la vuelta y alumbrar la entrada por la que había pasado, Jesús descubrió torsos desmembrados de adultos que habían logrado atravesar el diminuto agujero mutilándose a sí mismos, o con ayuda de otros. Pero los que peor debieron pasarlo fueron los niños. Ellos anduvieron perdidos durante días antes de encontrar la muerte.
Aquel lugar simbolizaba el encanto de lo decadente. La belleza y la decadencia. Hermoso y horrendo al mismo tiempo. No comprendía qué había logrado Huguet con tal atrocidad pero en su diario debía detallarlo. ¿Cuál era la finalidad de aquel extraño culto masoquista? ¿Crear un lugar donde una palabra fuese motivo de óbito? ¿Y porqué “esa” palabra en concreto? Jesús ansiaba desvelar todos esos misterios. Tiró la camiseta manchada en sangre al suelo y con la mano libre se tapó las fosas nasales para no percibir el hedor mohoso de los cadáveres. Abrió la chaqueta del señor Huguet y rebuscó por todos sus bolsillos pero no encontró nada, ni siquiera una cartera o un crucifijo. Se asqueó al rozar a través de la ropa sus costillas peladas y poco le bastó para desesperarse.
No podía volver a casa con las manos vacías, sería injusto y doloroso, más que una pedrada en la cabeza. Tal vez Huguet escondiera el libro en los laberínticos pasillos que veía adentrase en la oscuridad, hacía lo desconocido. Tal vez dejase el diario en el exterior de la cueva, a diferencia de lo que creían todos. Tal vez lo destruyera para que nunca nadie supiera lo que allá había acontecido. Tal vez no existiera tal diario y fuese una mala interpretación de las noticias de la época o tal vez no tuviera forma de libro como imaginaba, sino uno de esos niños muertos que aprendía y repetía todo lo que dictaminaba su maestro. Tal vez, tal vez, tal vez la suerte le había abandonado. Eran tantas las cosas que desconocía, tantos los factores que podían salir mal que Jesús no pudo hacer otra cosa que desesperar. Aquel golpe en la cabeza y la irremediable cicatriz que le dejaría iban a ser el recuerdo de una derrota, de una excursión fallida, la perdida de confianza de una mujer y la incapacidad de probar su inocencia.
Jesús se alejó de los cadáveres y meditó por unos instantes. No dejaba de ser intrigante la posición en que se encontraban. Tres esqueletos abrazados. No, no se abrazaron en el suelo a esperar la muerte, es muy difícil retener a un niño de esa manera. Son criaturas inquietas que siempre andan moviéndose de un lado para otro, así que probablemente, cuando Huguet se sentó para abrazarlos, estos ya debían estar muertos. En ese caso fue a juntarse con ellos cuando notó que sus fuerzas diezmaban, pero de alguna manera debieron morir. Probablemente de hambre, o quizás bebieran aguas contaminadas, o se envenenasen ellos mismos ritualmente, quien sabe, pero Huguet debió ser el último en caer. Ni los niños ni el gurú tenían señales de violencia como los hombres de la entrada, cuyos miembros también habían lanzado por el agujero.
Jesús se fijó en los brazos de Huguet, no parecían haber sido desencajados ni arrancados. En verdad no había forma física de que la envergadura de aquel hombre entrase por el agujero inicial de la entrada a la sala… a no ser que hubiera otra entrada, en cuyo caso alguien podría haber estado donde se hallaba Jesús. No era descabellado. Le entraron ganas de salir de aquel lugar. Demasiado pronto para pasar tanto tiempo bajo tierra... todavía no había muerto.
Miró las manos de Huguet. Tenía los dedos descolocados. Los iluminó con la linterna y se acercó para observarlos claramente. Sólo tenía mutilada la mano izquierda, y al decir descolocados, quería decir rotos. Como si hubiera estado sujetando algo que le arrebataron a la fuerza una vez muerto.
Entonces una posibilidad le llegó clara a la mente, y si bien continuaba sin tener ni idea de donde podía andar el preciado diario, sabía donde encontrar sus enseñanzas.
Picaba la pared con fuerza, llevaba así un rato. Se había quitado tanto la chaqueta como los zapatos; aunque hiciese un frío de mil demonios, sus ropas estaban empapadas y se hacía incómodo llevarlas encima. Después de veinte minutos asestando fuertes golpes contra la piedra sin ningún resultado, cualquier otro habría regresado a casa para cambiarse, convencer a más gente, y sólo quizás volver. Quien sabe, tal vez con un martillo hidráulico... Jesús, por supuesto, no. Sabía que no había tiempo que perder, así que por muchos lamentos de Luisa y repetidas explicaciones suyas, decidió quedarse allá abajo, empapado y expuesto a una pulmonía sólo para entrar en la sala que una diminuta ventana de piedra prometía. No era necesario hacer todo un túnel, de hecho, con arrancar una de las piedras que había soldadas entre sí bastaría, en especial una que sobresalía más que el resto y conformaba parte del perímetro del agujero.
Entonces tendrían espacio sufriente para entrar.
Si eso fuera un callejón sin salida sólo el tiempo lo diría. Habían estado acertando en sus divagaciones hasta el momento y parecía que la suerte estaba de su lado. Nada contradecía esa lógica, ni los escritos de Oriol, ni los recortes de prensa, ni los dibujos. Pocos lugares más había donde buscar al señor Huguet. Tenía que estar dentro de esa sala. Cómo había accedido a ella era un misterio, pero la carnicería que se llevó a cabo no dejaba lugar a dudas: La mutilación de la carne tenía la finalidad de hacerlos pasar por aquel agujero hacia lo más profundo de la tierra. Hasta el mismo infierno.
Al tratarse de una acción ritual, nadie había pensado coger un pico y una pala como Jesús. La finalidad de la extraña logia de las montañas no era llegar al otro lado, como él trataba de hacer, sino el mero hecho de “pasar” por el agujero. Igual que caminar por las cenizas no se hace para alcanzar el otro lado.
Estaba sudando como nunca y los brazos se le entumecieron hasta que levantar el pico por encima su espalda se convertía en un suplicio. Los dedos de las manos ya no respondían y le era imposible tanto cerrar el puño como abrir la palma. Le arremetían toda una serie de molestias a las que no haría caso hasta que tirase el condenado muro abajo. Luisa lo miraba descansando en el suelo mientras iluminaba con ambas linternas. Estaba aterrada, no sabía qué le había ocurrido en el lago y desechó la idea de contar a Jesús que algo tiraba de ella hasta el fondo. Todo era extraño y confuso, más en aquel mundo subterráneo que no era el suyo.
La piedra cedió y cayó rodando hasta el agua dejando un agujero mucho más amplio, uno por el que podía caber una persona adulta. Luisa se levantó en seguida.
-¿Qué vamos a hacer?- dijo.
-¿A ti qué te parece? Seguir adelante, hacer lo que otros dejaron inconcluso. Encontraremos el cuerpo de Huguet y su diario, salvaremos a Miguel y entonces llamaremos a la policía para que se encargue de los cuerpos.
-¿Crees que si les damos sepultura, su alma descansará en paz?
-No seas tonta- dijo Jesús poniendo un pié en la nueva sala e iluminándola con la linterna -esa es una idea animista que nos han vendido los estudios de cine basándose en la religión católica. No creo que todo lo que está pasando en esta urbanización se deba a que no dieran cristiana sepultura a los desaparecidos. De hecho, sería una sorpresa que todo este embrollo fuera tan sencillo de arreglar, simplemente enterrando sus restos y cantando una oración. Si yo fuera un espíritu no volvería sólo porque mi cuerpo esté mal yacido, de todas formas saldremos de dudas cuando encontremos el diario. Allá está la verdadera sabiduría, la explicación de todo. Durante años, quienes se han visto en este aprieto no dudaron en señalar ese diario como la única alternativa a la muerte. Parece una profecía “Después de decir lo que no debe ser dicho al anochecer, sólo quienes pongan sus ojos en él escaparan de los hombres puzzle” Por desgracia, el diario ha estado enterrado aquí desde el principio, por lo que a todos les sobrevino el fallecimiento. Luisa, somos los primeros que han creído en esto desde el principio y tal vez por ello hemos tenido tiempo de llegar tan lejos. Tal vez seamos los primeros en descubrirlo y en terminar con la maldición. Ya ha habido bastantes muertes.
Luisa se detuvo de inmediato y le iluminó con la linterna. “¿Bastantes muertes?”
-¿A que te refieres?
Jesús también se detuvo, dio media vuelta y caminó hacia ella. Tenía el semblante serio como nunca, y eso la asustó tanto que no pudo permanecer con los pies clavados en el suelo, sino que retrocedió aterrada. Tal vez acompañar a ese hombre a la cueva no había sido una elección inteligente, tal vez Miguel tuviera razón al decirle que se alejara de él y ahora fuese demasiado tarde.
-Luisa, debo confesarte una cosa- dijo Jesús afectado -no me siento orgulloso, es más, la culpabilidad no me deja dormir por las noches y sonreír me cuesta horrores, como si alguien me hubiera robado la alegría.
-No te entiendo.
-Se trata de… ¿Sabes porqué creí en todo esto desde el principio? El otro día, después de ir a cenar a vuestra casa con mi pareja, y cuando todavía no habíamos salido de la urbanización, Marlen se puso muy pesada dentro del coche. Discutimos y ella se puso a gritar como una loca. Ya sabes como soy, todo lo que me dicen me entra por una oreja y me sale por otra de modo que lo único que dije fue: “Marlen, hemos roto a menos que…”
-¿A menos que?
Jesús permaneció meditabundo –A menos que digas “aquella palabra” ahora mismo- Luisa se quedó de piedra –ya sabes que soy un payaso y me gusta poner en un compromiso a la gente. Quería ver si me quería lo suficiente como para tragarse el orgullo, ese horrible orgullo que había mostrado en la cena. Compréndelo Luisa, yo entonces no creía en esta locura, tan solo pensaba en salirme con la mía, como siempre, en una estúpida pelea de enamorados. Reduje la velocidad y ella lo dijo antes de que saliéramos de la avenida de cipreses.
Luisa entendió entonces su culpa. Si Marlen finalmente moría, sería como si Jesús la hubiera matado.
-Me parece horrible Jesús, pero sí estamos en esta cueva es porque nadie creía en esto, pero ahora sí. No te tortures. Pensaba que eras un egoísta, que no tratabas de ayudar a Miguel sino a ti mismo y a tu morbosa curiosidad, incluso llegué a pensar que estabas enamorado de mí y por eso te implicabas tanto- Jesús desvió la mirada hacia la pared -pero veo que lo haces por Marlen, y eso está muy bien. Estamos exactamente en el mismo bando.
-Hay más.
El ambiente invitaba a la confidencialidad. El frío, el silencio y la oscuridad rota por luces eléctricas. Ambos se olvidaron por completo de la nueva sala donde estaban, de los secretos que allá podían descansar ocultos o la red de pasillos que los llevaría a perderse para siempre en las entrañas de la tierra. Todo desapareció en un preciso y lejano momento en que Jesús confesó:
-Marlen está muerta, y por Dios juro que no la mate yo, no de aquella forma.
Luisa se alejó de nuevo, y cada paso que Jesús dio tratando de abrazarla, más violentamente rehuía de su tacto. Recordó como aquel hombre había bromeado en la cena acerca de matar a su novia, “sería más sencillo que romper con ella” había dicho.
-Luisa, escúchame- pero ella continuaba sacudiendo los brazos en cuanto se acercaba –escucha, las señales, yo también las he visto pero con Marlen fueron diferentes. No estuve a su lado en ningún momento, ni en la visita del señor Huguet ni cuando el deforme la mutiló, escucha, ella lo dijo apenas una hora antes que Miguel y murió la noche siguiente. Recibí una llamada informando de su defunción días después. ¡Habíamos roto! No quise cogerle el teléfono durante días y por eso su muerte fue una sorpresa para mí.
Finalmente Luisa detuvo su histérico baile. Le miró a los ojos, que no eran más que dos sombras bajo la luz de las linternas y dijo:
-No pudo morir a la noche siguiente de decir la palabra, tú hablaste con ella por teléfono ayer. Eso nos dijiste, que estabas rompiendo, que querías romper…
-Esas son las señales a las que me refería. Marlen ya estaba muerta cuando recibí sus llamadas. Aunque hubiera abandonado este mundo no dejaba de comunicarse conmigo, incluso me visitó una noche de tormenta y... parecía tan real. Luisa, dime que te ha pasado lo mismo, tiene que haberte pasado al menos algo parecido. Debes haber tenido señales como las mías, señales que te hagan dudar de tu cordura- y dijo -La policía piensa que la maté yo, sus padres piensan que la maté yo, todo el mundo en la oficina piensa que la maté yo, excepto Miguel, que no ha vuelto a pasarse por el trabajo y por eso no sabe nada. Todo el mundo sabía que no la quería y por eso mi vida se ha convertido en un infierno. No te había dicho nada porque contigo podía seguir siendo el de siempre. Jesús el irónico, Jesús el gracioso. Si la policía no tiene pruebas para inculparme, ¿por qué todos me juzgan?
Cuando notó el golpe en la cabeza no supo de donde había venido. Quedó aturdido por unos momentos, un gran mareo le nubló la vista haciéndole caer de rodillas. Un segundo mareo, esta vez más fuerte, hizo que todo a su alrededor diera vueltas y lo llevó a besar la roca bajo sus pies. Las manos en la cabeza por el dolor agudo de su nuca. En ningún momento perdió la conciencia pero sí la orientación, la vista y el equilibrio. Unos pasos frenéticos se alejaron asustados de él y distinguió una pequeña luz cada vez más lejana.
No podía reprochar a Luisa el tener miedo. Ella sabía mejor que nadie que la muerte en Sometimes no es natural. No se te cae una maceta en la cabeza, no te atropella un coche al cruzar la calle o te mata un loco porque no se atreve a cortar contigo. La muerte allá era sobrenatural, pero a alguien que tiene la cabeza hecha un lío, que no sabe de quien fiarse ni que hacer, una chica que se encuentra de repente en un lugar apartado y aterrador, un lugar donde nadie podría oírla gritar ni socorrerla y sospecha poder estar en compañía de un asesino, entonces es normal que escondiera una piedra en su espalda y golpease con ella la cabeza de Jesús cuando se acercó demasiado. Era su única oportunidad de huir y no la desaprovechó, dejando al pobre infeliz sangrado en el suelo con la única compañía de los muertos.
Pues cuando Jesús se repuso, observó que tenía cantidad de cadáveres a su alrededor.
Cuando Jesús oyó la voz de Miguel al otro lado del teléfono colgó en seguida. No estaba seguro del porqué de su reacción, lo que sabia era que no podía hablar con él. Nada había pasado que rompiera su amistad, pero que sus sentimientos hacia Luisa fueran algo más que amistosos le hizo sentir como un traidor, como un déspota sin escrúpulos; cosa que por otro lado ya tenía asumida desde hacía años, pero no quería que lo supiera nadie. Tal vez esa fuera la razón por la que se esforzaba tanto por ayudarle, un sentimiento de culpa mayor del que estaba dispuesto a soportar.
Meditó por unos segundos y volvió a coger el teléfono, esta vez buscó el número del centro Sans de educación especial, y en cuanto llamó enseguida pudo hablar con Luisa.
Quedaron de nuevo en el café de artistas.
Cuando la camarera les dejó la taza en la mesa, Jesús la observó descaradamente con la mirada achinada y media sonrisa en la cara. Expresión ensayada que, si bien no era perfecta, al menos se acercaba mucho.
-¿Cómo te llamas?- le preguntó a la camarera.
Ella contestó que Rosa.
-Rosa- sostuvo el aliento como si estuviera oliendo la palabra -que delicia de nombre.
Mientras Rosa se alejaba sonrojada y con una risita estúpida en los labios, Luisa le dio una patada por debajo de la mesa a Jesús. No le molestaba que ligase estando ella presente, era libre para hacer lo que quisiera, pero no antes de decirle por qué la había citado de nuevo en ese café. Era una falta de respeto por su parte hacerla venir desde tan lejos para tenerla esperando mientras seducía a la camarera. Sin embargo, y habiendo sido Luisa muchas veces el centro de tales intentos por parte de muchos otros chicos, le había picado la curiosidad por descubrir hasta qué punto aquellos piropos iban en serio.
-¿Nunca piensas en buscar novia? Una de verdad, quiero decir, estable- preguntó.
Jesús podría haber contestado lo de siempre, un inspirado discurso rozando el machismo, casi misógino, mientras exaltaba valores universales como la libertad y la dignidad de estar solo, pero en esa ocasión, y por tratarse de Luisa, dijo:
-Solo a veces. Por ejemplo cuando voy al videoclub para alquilar una película, paso horas mirando sin decidirme. También cuando se hace tarde, echo de menos la última llamada del día, nunca me llama nadie por la noche- miró a Luisa a los ojos -pero nada de eso importa ahora. Necesito que me acompañes- dijo Jesús -sé que será duro pero no puedo hacerlo solo. Necesito a alguien que me ilumine, que aguante las linternas, que me de conversación.
-No me lo puedo creer. ¿Encontraste la gruta, tú? No te ofendas pero tienes pinta de no haber visto más árboles que los del Parque de las Estaciones. No te tenía por un explorador. Debiste hacer una buena excursión, no entiendo como quieres repetirla.
-Luisa, sé que no confías en mí, pero te necesito.
-Te equivocas. He hecho todo lo que me has pedido hasta el momento y creído hasta la última palabra, por eso mismo he acabado por no confiar en nadie. Miguel me aparta de ti y tú me apartas de Miguel, mi marido. Luego están esos niños, Tom y David, cada uno contradice al otro como si yo debiera escoger en quien confiar de los cuatro. ¿Por qué se me presentan a mí las señales y no a Miguel?
-Sé que estas hecha un lío pero debes venir conmigo.
-Creo que no quiero ir… o quizás sí. Cuando averigüe lo que quiero ya te avisaré.
-No hay tiempo, y lo sabes. Por algo estás teniendo esas señales. No es a ti a quien quieren desorientar ni hacer que la vida sea un infierno de eterna espera, sino a Miguel. ¿Qué es peor, la muerte o esperar la muerte, el dolor o la promesa del dolor? Miguel no sabe, como ninguno de los otros sabía, cuando le va a llegar esa terrible muerte, pero yo te puedo asegurar ahora mismo que ninguno de los que murieron duraron más de diez días una vez les hubo visitado el señor Huguet- Jesús notó como Luisa se incomodaba en su asiento –tengo el material que necesitamos en el coche. Todavía es pronto, sólo tenemos que ir, encontrar el dichoso libro y marcharnos antes de que anochezca.
Un sonido por la barra. A Rosa se le había caído la taza que estaba secando al suelo. Estaba nerviosa y hacía esfuerzos por no mirar hacia la mesa donde Jesús estaba sentado.
Diferentes frases pasaron por la mente de Luisa:
“Puede ser muy convincente, sobre todo cuando miente”
“No te fíes de tu marido”
“Solo le queda un día”
-De acuerdo, pero tenemos que irnos ahora mismo, y no quiero pasar por mi casa. Compraré unos zapatos de trekking en la tienda de la esquina- dijo Luisa. Entonces pensó que Jesús, a parte de convincente era insistente. Le hicieron falta solo unas palabras para conseguir arrastrarla a un bosque apartado en pleno invierno.
El camino estaba despejado hasta adentrarse en el bosque, entonces las copas de los árboles lo cubrían con sombras. El lugar era oscuro y los animales y los pájaros movían las ramas mientras el viento acariciaba los troncos y silbaba a través de ellos. El frío demoledor y el cielo cubierto.
Algo más de unos zapatos fue lo que compró Luisa en la esquina, y estuvo dando gracias a ello a cada paso. La cara se le cortaba por el aire, el cuello sufría a pesar de su bufanda. Llevaba una chaqueta con forro polar que le había prestado Jesús pues sabía que, en caso de que accediera a acompañarle, la necesitaría sin duda, junto con unos guantes de cuero y borrego. La mochila de Jesús era mucho más voluminosa que la última vez que caminó por esos parajes y, sobresaliendo de su espalda, llevaba un pesado pico y una pala.
Cuando llegaron al pequeño túnel de maleza seca Jesús le advirtió que tuviera cuidado con las púas de las zarzas, el paso era estrecho y podía engancharse varias veces con ellas. Le recomendó que se cubriera el pelo con un pañuelo.
-Al llegar al otro lado nos detendremos.
Y así lo hicieron, llegando a aquella parte del bosque donde no soplaba el viento, donde los pájaros no cantaban y la naturaleza agonizaba.
“Siniestro” es la primera palabra que viene a la mente.
Luisa estuvo a punto de echarse atrás cuando descubrió que debía escalar todas las piedras del acantilado para llegar al pueblo perdido, pero, como le había advertido Jesús, no era tan difícil como parecía. Caminar, empujarse con los brazos para subir y avanzar. Repetir. Caminar, ayudarse con los brazos para subir y avanzar. Repetir. Descansaron en dos ocasiones durante la subida por deseo de Luisa, y a Jesús le vino bien pues realmente el peso de su mochila era tortuoso. Repetir. Caminar, ayudarse con los brazos para subir y avanzar. Repetir. Hasta que llegaron al pueblo.
Fue Luisa quien notó que desde aquella explanada podía verse la urbanización de Sometimes por encima de los árboles, pero poca cosa más. Palma estaba muy lejos y no se encontraban lo suficientemente altos como para alcanzar ver el mar. Se pusieron uno al lado del otro para contemplar la vista pero al poco Jesús comenzó a apremiar.
-Tenemos poco tiempo y todavía debemos abrirnos paso para entrar en la cueva.
Luisa le preguntó que a qué se refería, y cuando este la llevó a la entrada, al pié de la gran grieta, entendió sus palabras. Cuarenta años atrás, cuando encontraron los cadáveres mutilados de todos los habitantes de la aldea, se encargaron de tapiar de nuevo la entrada para que ningún periodista o curioso estuviera tentado a entrar para investigar por su cuenta. A nadie se le habría ocurrido, los hechos fueron demasiado horrorosos como para que atreverse a aventurarse por aquel bosque durante años, aunque, pasado el tiempo, ahí estaba Jesús para echar abajo el pequeño muro de ladrillo que tapiaba la entrada.
El trabajador de la editorial, el ratón de biblioteca y el de los trajes de doscientos euros, todos ellos la misma persona, dejo la mochila en el suelo y extrajo el pico. Se quitó la chaqueta y arremangó el yérsey. Tenía las manos heladas y las mejillas sonrosadas, pero pronto entraría en calor.
Con el primer golpe notó como temblaba su cuerpo entero. Estaba tieso, entumecido y nada acostumbrado al minoritario deporte de derribar muros. Volvió a intentarlo, esta vez preparado para recibir la vibración del golpe a través del pico hasta sus brazos y, de ahí, hasta sus pies. Una vez más, y otra. Y otra. Y otra.
Las gotas de sudor le resbalaban perladas por su cara y saltaban ordenadamente desde la punta de su nariz hasta sus botas. Pero la tarea fue más sencilla de lo que había pensado. En seguida los primeros tochos se partieron y dieron lugar a que todos cayeran hacia dentro, el mortero era de mala mezcla y estaba desecho por la lluvia, la humedad y las sales.
Allá estaba la entrada, negra como la noche, camino a un nuevo mundo. Entraron agachándose, uno tras el otro. La ausencia de luz era tal que cualquier insignificante brillo en su interior se convertía en una hoguera de fuegos de artificio. Las linternas iluminaban con fulgor cada piedra, y estas creaban sombras que danzaban por las esquinas a medida que avanzaban por sus entrañas.
-Apuesto a que no imaginabas esto cuando te levantaste por mañana- dijo Jesús bromeando.
-Nunca había imaginado esto. Salir contigo es una buena forma de romper con la rutina ¿Son así todas tus citas?
-Sólo cuando no puedo conseguir nada con ellas.
Luisa sonrió, pero Jesús no pudo verlo.
El suelo estaba formado también por rocas, colocadas unas sobre otras, por lo que había que andar con “ojo donde se pisa”, además, la inclinación era muy pronunciada, tanto que, mirando el punto de luz en que se había convertido la entrada, más que en una cueva, parecían estar bajando al fondo de un pozo.
Cuando el desnivel se suavizó y el descenso continuó siendo incesante pero menos pronunciado, Jesús supo que habían llegado a la falda de la montaña. Todo lo que habían escalado para alcanzar la entrada lo habían bajado ya. La luz de la entrada desapareció, el frío se suavizó y la humedad empapaba las paredes. En lugar de piedra bajo los pies, poco a poco, tierra, raíces y roca. Sin duda alguna se encontraban bajo la montaña, bajo el bosque, y la gruta se ensanchaba.
-Una cueva no es un laberinto- dijo Jesús –es bastante raro que en su interior se den muchas ramificaciones, pero ocurre- su voz sonaba extraña por la acústica –puede haber salas cerradas por desprendimientos, como ocurre en las cuevas de grandes salones, pero también existen las de pasillos interconectados que responden a diferentes procesos geológicos a través de los años. Esperemos que no sea una de esas.
-Veo que has estado estudiando- dijo Luisa complacida.
Estar en un lugar como aquel podía asustar a cualquiera, por lo que siempre es preferible no pensar y confiar en que la persona que te acompaña sabe perfectamente de qué va el asunto. Por si surge algún problema. Hay que mantener la mente ocupada, y para eso va bien que alguien esté siempre hablando, como Jesús, que era un experto en eso.
Aunque te importe una mierda lo que diga:
-Las cuevas se forman principalmente debido al desgaste de la roca caliza- decía -compuesta de carbonato de calcio providente de restos orgánicos marinos. La erosión se debe al agua subterránea o la que se filtra por el techo rocoso. Debido a la porosidad de la roca caliza, esta se va disolviendo provocando así que el tamaño de la cueva aumente, tanto en amplitud como en profundidad.
Para los que no les baste la explicación de Jesús, la completaremos diciendo que el carbonato de calcio (CaCO3) sólo es soluble en agua que contenga bióxido de carbono disuelto (CO2), de esta reacción química se forma el bicarbonato de calcio (Ca(HCO3)2) sustancia que es arrastrada en solución y desciende de la superficie hasta el techo de la caverna. A menudo se evapora, liberando el bióxido de carbono gaseoso y depositando el carbonato de calcio, generalmente en forma de calcita. En este proceso se van formando las concreciones calcáreas tales como: estalactitas, estalagmitas, columnas y otras formaciones con forma de aguja o flor.
Pero como hombre de letras que es Jesús, había pasado por alto toda la información química de sus libros. No tenía importancia, pero podría haberle servido para continuar su monólogo durante algunos minutos más y no acabar callado tan pronto, haciendo del viaje una tortura de silencio donde los únicos sonidos provenían de las gotas de agua cayendo sonoramente en los charcos y cavidades que formaban.
Luisa, dándose cuenta de tal incomodidad preguntó:
-¿Por qué dejaste a Marlen?
Como si fuera el mejor momento para exponer esa cuestión. Y Jesús no tardó ni dos segundos en decir:
-Entre muchos, muchísimos defectos, el peor era que Marlen quería ser perfecta... Pero sabía que no lo era, así que se esforzaba en que los demás lo creyeran. Por eso era mentirosa. No aguanto las mentiras, aunque sean pequeñas. Supongo que no es culpa suya, sino de la televisión, ya sabes, todos creemos ser especiales.
Llegaron a un punto donde la cueva se ensanchaba creando una gran sala con un pequeño lago en el centro. No debía ser profundo, más bien un poza debida a la erosión de los millares de gotas que cayeron del techo durante los años. Detrás de él, una pequeña península rodeada de cintas amarillas de plástico.
-Eureka.
A Jesús se le iluminó tanto la mirada que por poco no pudo prescindir de su linterna. Según los informes que había leído, aquel debía ser el lugar donde encontraron los cadáveres. Bendijo la santa oscuridad por librarles de la horrenda visión de sangre seca por doquier. Según esos mismos informes, algunos cuerpos habían reventado tiñendo de rojo incluso las rocas más altas. Jesús se agachó allá mismo y comprobó que era cierto, el color oscuro que teñía las piedras confirmaba que habían gozado de un baño de sangre.
No dudó en advertir a Luisa del lugar donde se encontraban, aunque escatimando detalles desagradables.
-¿Esto de las paredes es sangre?
Dentro de lo posible.
-Creo que sí- confesó Jesús -la roca es muy porosa y se habrá teñido- y dijo -retiraron los cuerpos que había a la vista y no buscaron más, aunque dijeran lo contrario a los periodistas. En cierto modo les comprendo, no hay mucho por donde adentrarse y el espectáculo no debió ser agradable en absoluto.
De repente, entre la oscuridad, un brillo. La linterna de Luisa era la más danzarina debido al miedo, por lo que en uno de sus vuelos rasantes por las paredes de piedra reflejó un brillo húmedo más allá de los muros.
-Ilumina allá- ordenó Jesús. Luego se adentró en la poza de agua helada y caminó por ella hasta la península con cintas amarillas.
El agua le llegó hasta las rodillas pero el escalofrío hasta el cogote. Notó como sele entumecían los dedos de los pies hasta que dejó de sentirlos, como las rodillas le temblaban tan violentamente que parecía fueran a partirsele los huesos, y como le faltaba el aliento,robado, como por arte de magia. Al llegar al otro extremo los pantalones se le pegaban a las piernas y los zapatos goteaban.
En la nueva orilla se acercó a la pared, allá encontró más sangre. Los cadáveres debieron estar desparramados por toda la estancia y los diferentes miembros esparcidos por la cueva. ¿Por qué habría puesto la policía esas cintas amarillas en aquella parte? Tenía que haber una razón.
Jesús palpó con sus manos heladas la húmeda piedra y se dio cuenta de que había un agujero. Tenía aproximadamente medio metro de diámetro, algo menos, lo suficiente para que la linterna de Luisa hubiese reflejado el agua cristalina del charco que había al otro lado, iluminado ahora por Jesús. Y es que allá había otra sala.
-Luisa, rápido, pásame el pico y la pala.
-¿Tengo que llegar hasta ahí?- se quejó al descubrir que también debía mojarse los pies.
-No te preocupes, solo es agua y te necesito cerca.
-¿Y no puedes pasar sin agrandarlo? El agujero no es pequeño del todo.
-No, no puedo pasar y creo que tú tampoco. Sospecho que por este agujero solamente cabría un niño.
Poco convencida, Luisa metió el primer pié en el lago. Se quejó con un grito ahogado por el agua helada y Jesús replicó “¿de veras? No me había dado cuenta”. A medida que fue avanzando, el agua comenzó a ascender y, siendo ella como era más baja que Jesús, le cubrió por completo la pantorrilla llegándole hasta el muslo. Caminaba despacio, con los enseres abrazados al cuerpo y los dientes castañeteando. A medio camino, un grito ahogado, agua salpicando a Jesús y el cuerpo de Luisa desapareciendo en las profundidades.
Se hundió rápidamente en las aguas oscuras debido al peso de las herramientas. Jesús iluminó con nerviosismo el lago pero no encontró rastro de ella. La linterna de la joven flotaba a un lado y Jesús, consciente de que si dejaba la suya se sumiría en la oscuridad, la cogió con fuerza y se lanzó de cabeza en busca de Luisa entre gritos de agonía y espanto. En ese momento de pánico no percibió el frío.
Empezó a chapotear y a sumergirse, topando en seguida con el duro suelo de piedra pensando: “no es posible, no es posible”, mientras clavaba sus uñas entre las grietas hasta rasgarse las yemas de los dedos. Aquel charco no tenía la profundidad suficiente como para que Luisa se hundiera en él, pero eso mismo había ocurrido frente a sus ojos. En momentos de pánico como aquel, todo sucede como en un sueño. La incredulidad del infortunio, el despertar de un sueño.
Sintiéndose cada uno especial, y por tanto protagonista de la historia, sería injusto no mostrar el punto de vista de Luisa durante esos malos momentos.
La joven se introdujo en el agua de poca gana, el frío le heló los pies con los mismos síntomas de entumecimiento que sufrió Jesús, aunque tal vez más violentos. Luisa era una chica fina, aquel no era su lugar. Empezó a caminar, paso a paso, con las aguas heladas hasta el muslo y, de pronto, uno de sus pies se encontró sin sustento. Luego el otro. En un instante veloz y agónico supo que había caído en un pozo, aunque la sensación que realmente tuvo fue la de perder el suelo bajo sus pies y que tiraran de ella hacia el fondo con fuerza.
Luisa soltó el pico y la pala pero continuó descendiendo a lo más profundo de ese lago sin fondo. Una indescriptible sensación de angustia la embriagó y burbujas de oxígeno la rodearon haciéndole cosquillas por la cara. Era su aliento que se escapaba. Trató de retenerlo con avaricia mientras observaba a su alrededor, oscuridad, burbujas y una luz en la superficie lejana. Su linterna flotando en el exterior. Algo pesado turbó las aguas, sin duda Jesús que venía a rescatarla, pero era tarde, estaba demasiado alejada, caía demasiado rápido, demasiado profundo.
De nuevo, la agonía de la asfixia.
Y de repente, dejó de caer. El dolor que sentía en los tobillos desapareció como si dejaran de tirar de ella y su cuerpo detuvo la caía en el abismo para retomar el flote. Abrió los ojos y, sintiéndose libre, comenzó a nadar hacia la superficie con todas sus fuerzas y desordenado pataleo. Temía abrir la boca y dar una gran bocanada de aire cuando lo que se encontraría sería agua helada en los pulmones, pero su asfixia era tal que podía suceder en cualquier momento. Las fuerzas la abandonaron y sus miembros languidecieron mientras trataba por todos los medios de concentrarse para no respirar. Gracias a Dios, un fuerte brazo la cogió por debajo del cuello y, como quien despierta de una pesadilla, llevó su rostro de nuevo a la superficie donde el preciado aire la esperaba para inundarla por dentro, para correr su sangre, para oxidarle el cerebro.
Jesús la vio aparecer, no estaba lejos, ni tampoco profundo. Dio gracias al cielo y, sin necesidad de sumergirse, pudo abrazarla y sacarla del pozo donde había caído. Entonces la llevó en brazos hasta la pequeña península, donde pudo tumbarla en el suelo y esperar que se repusiera.
Luisa daba grandes bocanadas de aire interrumpidas por toses. Abría tanto la boca que parecía un pescado. Y prácticamente así era.
Jesús encontró el pico y la pala donde se suponía se había hundido Luisa. Tanteó con las manos y caminó con cuidado hasta que se convenció de lo imposible: de haber un agujero bajo esas aguas, se había cerrado completamente.